Rufina Cambaceres y su trágica muerte

Perteneció a una familia distinguida de la aristocracia porteña. El vínculo de su madre con Hipólito Yirigoyen marcó su vida.

Eugenio Modesto de las Mercedes Cambaceres Alais o simplemente Eugenio Cambaceres nació en 1843. Era hijo de Antonio Cambaceres, un químico francés que había hecho una fortuna en la Argentina en la industria de los saladeros, y de Josefina Alais, hija de ingleses, ambos miembros de una distinguida familia de la aristocracia porteña. Eugenio se dedicó a la política, al periodismo y a la literatura y fue polémico en todas sus actividades.

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En 1870, como diputado y director de El Nacional propuso la separación de la Iglesia del Estado, una idea perturbadora y repudiable para la aristocacia. Su obra novelesca («Potpurrí« o «Música Sentimental« y especialmente “Sin Rumbo”) no fue menos irritante pues sus enfoques estaban influidos por el narturalismo de Emile Zola, es decir una manera corrosiva de narrar que ponía el ojo en las razones del estilo de vida de su época con un tono pesimista. De tal forma, destapaba las hipocresías y la doble moral de la vida social de las familias patricias que normalmente quedaban ocultas.

Si era repudiado por su trabajo en la indagación de las costumbres con su pluma ácida, mucho más lo era cuando conoció a la bailarina de origen italiano Luisa Baccichi, cuyo verdadero nombre era Aloysia Stéphana Baccichi, que había nacido en Trieste cuando esta ciudad estaba bajo el dominio del imperio austríaco. La compañía de teatro de Luisa había llegado a Buenos Aires y Cambaceres se enamoró de ella. Viajaron a Europa y se casaron en París. Allí nació, en 1883, su hija Rufina. En Buenos Aires, a Luisa la trataron poco menos que como a una prostituta, que era la consideración que se le tenía entonces a las bailarinas. El escarnio llegó al extremo de apodarla “La Bachicha”.

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Cambaceres murió de tuberculosis en 1889 y dejó a su mujer y a su hija con la espléndida mansión de la avenida Montes de Oca, en Barracas, y con la estancia “El Quemado”, en Saladillo. Luisa se dio cuenta de dos cosas. Una fue que la fortuna de Cambaceres se había dilapidado y sólo le quedaban hipotecas y deudas a causa de los desorbitantes gastos de su marido. La segunda fue que no tenía el mínimo conocimiento sobre producción agropecuaria ni sobre hacienda que le permitieran mantener “El Quemado”. En una estancia vecina, dicen, conoció a Hipólito Yrigoyen. Este le alquiló el campo. Luisa, que tenía 40 años y una belleza inalterable, y Don Hipólito se hicieron amantes. Ella pasó incluso a asistirlo cuando en la propia estancia el político recibía a legisladores y dirigentes. La exbailarina ahora se dedicaba solamente a su querido y abandonó la vida social.

Con él tuvo un hijo, Luis Hernán Yrigoyen, pero le hizo cambiar la “Y” inicial del apellido por la “I”. Rufina Cambaceres, al nacer su hermanastro, tenía 14 años. Había pasado su infancia y adolescencia en la estancia, con su madre y con Hipólito. La relación entre él, ya de 46 años, y la niña se hizo más fluida cuando ella cumplió los 15 años. Algunos afirman que Don Hipólito era para ella más que una figura paternal.

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Yrigoyen había tenido una primera historia de amor con una criada de su familia, Antonia Pavón, con la que tuvo una hija llamada Elena, a quien no reconoció pero que, no obstante, acompañaría a su padre hasta su muerte.

Don Hipólito, cuando tenía 25 años, también tuvo un romance con Dominga Campos, una joven de 17 años, hija del coronel Julio Campos, a quien visitaba en su casa por las tardes y por las noches. El coronel puso el grito en el cielo cuando se enteró de este vìnculo. Ella se tuvo que ir de la casa paterna. Fue todo un escándalo. Hipólito se encargó de mantenerla y también a los seis hijos que tuvieron, aunque tres de ellos murieron muy pequeños.

Mientras, se tiró un lance con una chica de la alta sociedad pero el padre por poco lo muele a golpes lo que no impidió que tuviera un hijo con ella que no reconoció. Dominga, por su parte, moriría de tuberculosis antes de los 30 años. El que sería presidente de la Argentina no reconocería a ninguno de sus vástagos pero sí se ocuparía de mantener a todas sus parejas y a todos sus hijos. (Con su hija Elena tenía una especial inclinación y fue la que estuvo con él al momento de su muerte, en 1933).

¿Por qué don Hipólito no se casaba con Luisa Baccichi, viuda de Cambaceres? Para ella era el gran amor de su vida y para él era el amor en los años de madurez.

En 1902, Rufina cumplió 19 años. Había sido una chica con problemas de salud desde su nacimiento y era habitual escucharla toser. Pero ese día se levantó radiante y sin problemas que la aquejaran, al contrario.

Se habían preparado grandes festejos que se desarrollarían en “El Quemado” y finalizarían en el Teatro Colón escuchando música lírica. Rufina tardaba en cambiarse para salir hacia el Colón cuando una de la mucamas pegó un grito de terror. Rufina estaba a medio cambiar tirada en el piso de su habitación, muerta. ¿Qué había pasado? Sufrió un ataque al corazón, según diagnosticó el médico que llegó a la brevedad. Nadie creyó que de buenas a primeras una chica sana que estaba festejando su cumpleaños muriese por esa causa. Algo debía haberle pasado.

El mito que pasó de boca en boca consiste en que una amiga o una mucama le reveló que Don Hipólito, el hombre al que se sentía atraída y a quien pensaba confesarle su amor ese mismo día, mantenía una relación con su madre y que para que ella no lo supiera la “Bachicha” la dopaba con somníferos para ir a la mansión de Montes de Oca a encontrase con el político radical. Peor aún, se habría enterado que su medio hermano Luis era hijo de Hipólito. ¿Infundios? ¿Maledicencia? Esta historia, la del desengaño que el corazón de la joven no pudo soportar, aún perdura pero sin fundamento.

Luisa e Hipólito sepultaron a Rufina en la Recoleta en la bóveda de los Cambaceres. Al día siguiente, un cuidador escuchó ruidos en la bóveda y fue a revisar. A través del vidrio de la puerta, vio que la tapa del ataúd estaba corrida. Enseguida avisó a la familia, que entró al recinto y acomodó la tapa. Podía tratarse de ladrones de tumbas porque Rufina fue sepultada con todas sus joyas y este tipo de cuestiones suelen trascender. Sin embargo, no hubo constancia de que la entrada a la bóveda haya sido forzada.

Lo que sigue entra directamente en el ámbito de lo incomprobable: la familia, semanas despuès, hizo revisar el ataúd y descubrió que el cadáver de Rufina estaba de espaldas y que tenía rasguños en su cara. Su madre enloqueció. Creyó que su hija habìa sido sepultada viva. Se habló de que había sufrido un ataque de catalepsia, que es un estado excepcional por trastorno del sistema nervioso central, que se caracteriza por parálisis del cuerpo llamado “muerte aparente”. Cuando ese estado habría desaparecido, Rufina, desesperada, trató de salir de su tumba y la angustia al no lograrlo le provocó un nuevo golpe al corazón que la mató por segunda vez, irremediablemente.

Se construyó un nuevo ataúd sin ninguna clase de cierre u obstrucción y también una estatua de la joven en un ángulo del mausoleo, realizado con mármol de carrara, que representa a Rufina con una lágrima que le cae por una de sus mejillas y la mano derecha que busca abrir (o cerrar) una puerta.

Luisa e Hipólito Yrigoyen mantuvieron su relación durante más de 30 años, hasta la muerte de ella, en 1924.


Fuente: Tn

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