Edificios del recuerdo: Villa Ombúes

«Villa Ombúes» Fue la casa quinta de Ernesto Tornquist. Ahí se celebraron importantes festines que reunían a toda la aristocracia.

Ernesto Tornquist nació un 31 de diciembre de 1842. Lo celebraba en su quinta Los Ombúes, arrojando a la medianoche una salva de cañonazos con la que saludaba, de paso, el año que recién empezaba.

El castillo que se alzaba en el Camino de las Cañitas o Av. Gutenberg (hoy Av. Luis María Campos) y la calle de los Ombúes (actual Olleros) no era su residencia principal, ubicada en Florida 989, justo enfrente de otro de sus grandes emprendimientos, el Plaza hotel.

El hotel Plaza, y la residencia particular de la familia Tornquist, en la esquina de Florida y Marcelo T. de Alvear. En el altilo, dicen, le gustaba coser a la esposa de Ernesto. Inclusive se comenta que hubo que cambiar la orientación de una de las torres del hotel para que no le tapara la luz.

La manzana donde hoy se encuentra la Embajada de Alemania estaba fuera del radio urbano. Allí Ernesto Tornquist tuvo su quinta. Adquirió el terreno en 1872 y le encargó a su cuñado y sobrino, el arquitecto Carlos Altgelt un pequeño castillo estilo medieval, con torres almenadas y vitreaux. Tornquist tenía debilidad por este estilo. Así era casa principal de la estancia La Ventana de Sierra de la Ventana y el Torreón de Mar del Plata, ambos construidos por el arquitecto Carlos Nordmann. En 1904, el Torreón era conocido como «Belvedere» (mirador) y, antes de la modificación que cubrió su torreta con una cúpula curva de tejas, tenía un fuerte aspecto de fortificación. Asociado con Pedro Luro, Tornquist fue uno de los pioneros de Mar de Plata: intervino en la sociedad del hotel Bristol, fundó la Colonia Marítima para niños débiles. Su chalet en el Boulevard Marítimo, al lado del de Carlos Dose, estaba junto al Paseo General Paz, para cuyo diseño contrató a Carlos Thays, el mismo que realizó el paisajismo de su quinta Los Ombúes.

En Florida 989, la familia pasaba el año lectivo, desde Pascua hasta octubre, en la quinta de Belgrano desde octubre hasta enero, y se mudaban a Mar del Plata desde enero hasta Pascua.

Tornquist era el séptimo y último hijo de Jorge Pedro Tornquist, hijo de alemanes, pero nacido circunstancialmente en Baltimore, Estados Unidos. Su padre fue un pequeño comerciante que fomentó las relaciones entre el Río de la Plata y Hamburgo, donde la familia residía. Según el economista Jorge Gilbert, que investigó su vida y obra, Tornquist creció en un ámbito comercial, incorporó el idioma alemán, y las pautas culturales que combinaban la influencia paterna, con la tradición católica de su madre. A los 13 años fue enviado a estudiar a Alemania, a donde permaneció hasta 1858. De regreso a Buenos Aires comenzó a trabajar como despachante de aduana en la firma Altgelt, Ferber y Compañía, de la que era socio responsable su cuñado Adam Altgelt.

Casado en 1872 con su sobrina Rosa Altgelt, hija de Adam, tuvo con ella trece hijos, de los cuales diez llegaron a ser adultos.

Descolló como empresario en múltiples negocios e industrias: primero se asoció con los fabricantes de velas José Conen y luego con la firma elaboradora de extracto de carnes Kemmerich. En 1886 creó la sociedad anónima Refinería Argentina. Para entonces, su relación con Juan José Romero, Ministro de Finanzas del gobierno de Roca, ya era estrecha, y ello le permitió vincularse con la casa Baring de Londres, donde fue presentado como consultor de las finanzas argentinas.

En 1891 se incorporó como socio al frigorífico Sansinena y cuatro años más tarde organizó la Compañía Azucarera Tucumana (CAT), una de las principales productoras de Argentina, con intereses ligados a su planta de refinado, establecida en Rosario.

El Pampero y la Sociedad Sportiva

Mientras la fortuna crecía –creó varias colonias y fue el fundador del Club Hotel Sierra de la Ventana– también hubo tiempo para el esparcimiento. En 1905 fundó, junto a Emilio Mitre, José Balcarce y Manuel Aguirre, el Golf Club de Palermo. Muy cerca de allí, delante del Hipódromo, estaba la sede de la Sociedad Sportiva Argentina, desde donde en 1907 zarpó el globo Pampero en su primer vuelo. Sin embargo, llevar el gas desde la Compañía de Gas del Río de la Plata –donde hoy está el Solar de la Abadía– hasta el club era muy dificultoso porque la presión se perdía en el recorrido. Por eso, el 23 de enero de 1908 se resolvió instalar una cañería con tubos de barro cocido de unas tres pulgadas de diámetro desde la planta, al otro lado de la Av. Gutenberg, hasta un terreno adyacente a la quinta de Tornquist. Desde allí saldrían siete de los diez vuelos que el Pampero realizó en Argentina, incluido el último y fatídico, ocurrido el 17 de octubre de 1908. Tuvo la intención de ser el primer vuelo nocturno, comando por Eduardo Newbery –hermano de Jorge– y Eduardo Romero, pero cayó en algún lugar del Atlántico

Villa Ombúes encabezó, además de las páginas de sociales en ocasión de las fiestas que allí se brindaban, una buena parte de las de la sección policial, cuando en 1905 desaparecieron 300.000 pesos en joyas. La banda de ladrones, liderada por la familia Tabouret, cayó en Montevideo.

En 1906, poco antes de morir, Tornquist fue elegido diputado. Tres años antes, el ministro de Relaciones Exteriores Estanislao Zeballos, contemporáneo y crítico de Ernesto, había escrito: «Desde 1880 van transcurridos 23 años de estabilidad política excesiva. Dos influencias han predominado casi absolutamente en la dirección suprema del país. La del general Roca en política; la del señor Tornquist en finanzas».

Tornquist falleció en 1908. El imperio empresario quedó a cargo de su hijo Carlos Alfredo, y de sus hermanos Eduardo y Martín, que siguieron diversificando la cartera de negocios.

Una parte de la quinta fue donada para la construcción de la Abadía San Benito, que comenzó a construirse recién en 1928.

La casa se vendió primero al italiano A. Casullo y en 1937 a Adolfo Blaquier y Marta Unzué, herederos del palacio y la quinta Unzué, que el Congreso había expropiado durante el gobierno de Agustín P. Justo.

Villa Ombúes fue desocupada en los años 60 y vendida hacia 1972 a la embajada de Alemania. Estuvo abandonada mucho tiempo. Quizás eso alimentó la leyenda de que estaba habitada por fantasmas. Al jardín descuidado y el aire lúgubre de la propiedad, se le sumó el rumor de que la abadía de San Benito era el único lugar en la ciudad habilitado para realizar exorcismos: decían que las almas poseídas que salían de la iglesia quedaban penando en los alrededores.

Al aire lúgubre y abandonado de la propiedad en los años 60 y 70, se sumó el rumor de que la casa era frecuentada por fantasmas.

Hacia principios de los años 70, la casa ya había sido demolida. Sólo se conserva la cerca perimetral, las puertas y rejas de hierro forjado.

La obra de la embajada comenzó en 1980 y se inauguró en 1983.