Desde el secuestro de una mujer hasta el romance con Guillermina, la esposa de su mejor amigo

A Julio Argentino Roca se le conocieron varios romances. Cuando contaba 26 años dejó embarazada a Ignacia Robles, luego de “secuestrarla” durante una semana porque la futura suegra no quería saber nada de la relación.

Años antes de convertirse en presidente, Roca pasó una temporada en Tucumán. Allí conoció a uno de sus mayores caprichos: Ignacia Robles. El flechazo fue mutuo pero sus padres se oponían a la relación. Harto de intentar ganarse a su suegra, el joven militar raptó a la muchacha. Durante siete días convivieron en una casa que alquiló con esos fines.

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Roca alternaba su estadía tucumana con viajes a Córdoba, para visitar a Clara Funes, su novia legal.

Al cabo de esa semana, la devolvió a sus padres y nueve meses después nació Carmen. Roca jamás la reconocería oficialmente, a pesar de que Carmen, años después se le aparecería en su casa. El mayordomo le dijo a Roca: “Hay una mujer que dice que es su hija, y la verdad es que es igual a usted”. La ayudó a recibirse de maestra, le dio un cargo a ella y empleo a su marido y se visitaban durante su presidencia. En el velorio del ex presidente era fácilmente distinguirla, era la que lloraba desconsoladamente. “Es una hija de papá”, explicaba otra de sus hijas.

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En agosto de 1872 se casó con Clara Funes, perteneciente a un clan familiar distinguido de Córdoba. En mayo de 1873 nació su hijo Julito del que fue padrino Arredondo. Luego nacerán dos mujeres nacidas en Río IV (Elisa y María Marcela) y tres porteñas (Clara, Agustina y Josefina). El matrimonio se instaló primero en Villa Nueva y más tarde en Río IV.

Muerta su esposa, el general Roca protagoniza uno de los entreveros amorosos más resonantes en la sociedad porteña de la época. La dama en cuestión era Guillermina De Oliveira Cézar, esposa del sanitarista doctor Eduardo Wilde, íntimo amigo de Roca.

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Guillermina fue una mujer admirada, codiciada y discutida en el Buenos Aires de su época. Es una de los 15 hijos de Ramón y de Ángela Diana y Goyechea, considerable terrateniente con estancia próxima al Tigre. Ella era la hermana de Ángela Oliveira Cézar, mujer única en su época por lograr emplazar el Cristo Redentor en medio de los Andes. Pertenecía a una buena familia, pasaba sus veranos en el Tigre con muchos hermanos y estudió en el Colegio Americano de la calle Reconquista 4 conducido por Mary Elizabeth Conway, una de las maestras que trajo Sarmiento de los Estados Unidos.

Eduardo Wilde había enviudado, y Oliveira Cézar, uno de sus pacientes, le dijo: ‘¿por qué no se casa con una de mis hijas?’. Wilde aceptó la propuesta. Cuando fijó 1885 como fecha para su matrimonio con la jovencísima Guillermina, de tan solo 15 años, la iglesia no lo quiso casar. Es que además era un abierto ateo y un masón.

Finalmente, Guillermina pudo más, logró que el mismísimo arzobispo de Buenos Aires intercediera y hubo casamiento oficiado por el obispo de Cuyo. Roca fue el padrino, Carlos Pellegrini y Victorino de la Plaza, los testigos.

Wilde estaba encantado con la niña. Cuenta la catoliquísima Isabel Molina Pico, que él llevaba a sus compañeros de brandy y cigarros a mirar cómo dormía Guillermina, como un ángel. Quién sabe si Roca fue uno de los aventurados que caminó ese dormitorio matrimonial de puntillas.

Cuando Guillermina –que primero iba al teatro Colón y se embadurnaba los dedos con chocolate porque era muy infantil- empezó a crecer, el amigo de Wilde, Roca, murió de amor por ella.

En lo delicado de este amor prohibido, ante dos figuras de tamaña exposición social, Roca contaba con la complicidad de la hermana de Guillermina y la de su marido, amigo del General. Se comunicaban en clave. La relación era la comidilla en reuniones sociales.

Octubre de 1898, Julio Argentino Roca asume nuevamente la presidencia y su relación con Guillermina comienza a ventilarse. Se cuenta que “al Regimiento de Coraceros, escolta presidencial, llegaba a veces un hermano de Guillermina, la gente llamaba al Regimiento “los guillerminos»” y hasta “Caras y Caretas” ironizaba con esa relación. Roca, cercado, decide separarse, enviando a Wilde y a su esposa a los Estados Unidos y más tarde a Europa.

Aunque epistolar, la relación no se cortó. “Querida ausente…”, encabezaba sus cartas Roca.

En 1901 Guillermina debió regresar de urgencia por la muerte de su padre, y dicen que la relación se reactivó. Pasa un mes y medio en compañía de Roca, viviendo lo que serán las últimas horas de este amor. Guillermina volverá a Europa y ya no se reunirá más con él.

Cuando fallece Wilde, Guillermina permanece en Europa y luego de un tiempo prudencial, regresa a Buenos Aires. No tuvo hijos. En 1920, siendo presidenta del Comité Central de Damas de la Cruz Roja, impulsó la creación de las escuelas de enfermería.

Guillermina falleció a los 66 años en la ciudad de Buenos Aires el 29 de mayo de 1936. Y se llevó consigo esa historia de amor.

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